El Blog de Vivien Mattei

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Reseña del libro De El Nuevo Día al periodismo digital  — mayo 28, 2017

Reseña del libro De El Nuevo Día al periodismo digital 

Este trabajo de Coss, arranca la necesaria reflexión de los aspectos fundamentales de una profesión que tradicionalmente se trataba como un sacerdocio. 

Presentación del libro: De El Nuevo Día al periodismo digital: trayectorias y desafíos, de Luis Fernando Coss

 

En tiempos de pos-verdades y pos-censuras, el libro De El Nuevo Día al periodismo digital: trayectorias y desafíos, de Luis Fernando Coss viene a recordarnos la necesidad de indagar sobre las verdaderas intenciones que ocurren tras la información noticiosa.

Siempre me ha gustado la definición de periodismo que lo describe como la profesión que investiga, documenta, redacta y publica de forma periódica, información y eventos de interés público, para que el ciudadano tenga información apropiada y pueda tomar decisiones libremente. Le da un cierto aire de causa y efecto. Propone que la calidad y veracidad de la información tiene un efecto directo en la interacción social.

El ya clásico libro de Kovach y Rosenstiel, The Elements of Journalism, publicado en el 2001, declaraba en su primer punto, de la lista de nueve características del periodismo profesional, que la primera obligación de éste es la verdad. La segunda: su lealtad primaria con los ciudadanos.

Como mencionara un mes atrás, en mi ponencia en este mismo local, durante el foro Te Mienten: el riesgo de la desinformación, el periodismo del siglo veinte, se ejerció a través de empresas mediáticas, algunas pertenecientes a grandes imperios comerciales, y definió la verdad como su principal valor. Así se ganó el prestigio y la confianza. Casos como las investigaciones periodísticas de Watergate en los Estados Unidos y Cerro Maravilla en Puerto Rico, lo validaron. Se posicionó como el “cuarto poder”, como el balance ideal con los otros tres poderes de la democracia republicana. Pero, poder al fin, también se sometió a la tentación de controlar los datos para su beneficio, ideológico y económico. Este libro trata precisamente de ese poder y sus consecuencias.

En la página 77, nos dice el autor: “La noticia, en realidad, es noticia solo dentro de un marco de fuerzas políticas, económicas y condiciones culturales, y su divulgación depende no necesariamente de actos individuales sino de la compleja trama que hace posible un periódico o una empresa periodística.” 

El contenido del libro se distribuye en dos partes parcialmente interrelacionadas. La primera, fruto de la investigación académica del autor, para su trabajo sobre el análisis histórico de la noción de periodismo profesional en Puerto Rico, es un texto historiográfico sobre el desarrollo del periódico de mayor circulación en la Isla y sus decisiones editoriales. Nos presenta un diario depredador, que impone la agenda de discusión en el país, con sus intereses políticos y económicos como norte y creando “trampas y ambivalencias”, para usar las palabras del autor. 

La segunda, es un ensayo reflexivo sobre el rumbo del periodismo ante los retos tecnológicos a que se exponen estos profesionales y sus audiencias. Nos cuenta de un puñado de iniciativas de periodismo independientes en Internet y el potencial de dominar los medios de publicación en la era digital.

La mirada del autor a estos temas, es una personal, enfocada fundamentalmente en el periodismo impreso metropolitano. Sus críticas al periódico de los Ferré, ya habían sido públicas en el documental Un diario amable, de la serie Zona Franca, de la que fue productor, realizado en 2009, a tiempo con una transformación administrativa del rotativo, que incluyó despidos, importantes cambios en las condiciones laborales para los periodistas, rediseño editorial y una nueva cepa de ejecutivos extranjeros.

Partiendo de y criticando, a su vez, el libro de Guillermo A. Baralt, comisionado por los Ferré, y que cubre desde los inicios de El Día en Ponce hasta la creación del El Nuevo Día, Coss hace clara distinción en los roles que tuvieron en esta trayectoria el político Luis A. Ferré, el empresario Antonio Luis, su hijo, y destaca las aportaciones de Carlos M. Castañeda en el campo, no solo editorial, sino de diagramación del diario que hoy conocemos y que impactó la profesión de periodista en Puerto Rico.

Esta primera parte, permite ver tres áreas necesarias para comprender la prensa: las decisiones empresariales, el enfoque editorial y la pasión del oficio. La primera la destaca a través de citas directas y de testimonios de relacionados a Antonio Luis Ferré Ramirez de Arellano, quien asumió la dirección de El Día cuando su padre gana la gobernación en 1967, y como condición, lo transforma en un diario metropolitano con un enfoque emprendedor más agresivo. 

Éste, sin ser periodista, adopta la visión de cuarto poder, como paladín de la democracia y utiliza términos que idealizan la labor periodística, sin dejar de ser un negocio. Muestra las gestiones tras bambalinas para apoderarse del mercado, con conexiones importantes en la creciente industria publicitaria estimulada por el exilio cubano, contactos estratégicos en el gobierno y la invitación a Castañeda a dirigir el proyecto. Este ya había probado un gran dominio del oficio en la renombrada revista Life en Español.

En segundo lugar, el enfoque editorial será la más importante aportación de este último. Al aceptar el reto de Ferré, transformará no solo el naciente Nuevo Día, sino toda la prensa boricua, creando un periódico mucho más gráfico, destacando las fotografías, el diseño y utilizando todos los recursos de tipografía que la entonces limitada tecnología de impresión permitía en ese momento.

Este se convirtió en el referente del periodismo profesional, no solo en lo gráfico, sino en un enfoque editorial serio, directo, inquisitivo. Castañeda reclamó desde el inicio su libertad editorial, que Ferré supo conceder porque veía los frutos en las arcas de su negocio. También acogió las recomendaciones sobre mejores condiciones laborales, particularmente para los fotoperiodistas, marcando un cambio radical en la industria de los medios impresos y electrónicos. 

Coss, quien accedió a importantes documentos originales de referencia para este trabajo, cita a Castañeda describiendo la época: “El propósito del diario saltaba a la vista: captar el ojo de la calle, apelar a las nuevas generaciones puertorriqueñas que, inducidas por el fenómeno de la televisión, tenían una orientación visual y pocos hábitos de lectura.” Debemos recordar que esto está ocurriendo en los 70s. Sin duda, esa visión transformadora para adaptarse a las audiencias se ha mantenido en dicha empresa, cosa que evidentemente no ocurrió con el que era entonces su competencia, El Mundo, sobre el cual el autor describe las circunstancias de su caída y el efecto que esto tuvo en el periódico de los Ferré.

La tercera de las áreas, la pasión por el oficio, Coss la aborda a través de testimonios de conocidos periodistas que en su mayoría, entraron al oficio sin una preparación en el campo, casi por necesidad de hacer cualquier tipo de trabajo para su subsistencia y que quedaron enamorados de su nueva profesión. Nos presenta un periodismo como oficio surgido de la necesidad pero acaparado por la pasión, a pesar de los sueldos de miseria.

Presenta un panorama donde los límites impuestos por los intereses económicos del medio eran conocidos y respetados por los reporteros, como indica la cita de José Castrodad diciendo “las agencias de publicidad eran intocables”. Pero a la vez “se convertía en una vocación que ni el fuego podía consumir.” 

Así, El Nuevo Día logra una fórmula ganadora, que combinaba el poder político y económico del propietario, el apoyo de una pujante industria publicitaria y un periodismo maduro, forjado en la tradición americana del cuarto poder, con independencia editorial y responsabilidad social. 

Sin embargo, el texto aclara aquello de la objetividad en la noticia, pues sostiene que más allá de las columnas de opinión y los editoriales, el mero hecho de tomar decisiones sobre cuánto, cómo, y dónde se publica la historia, ya viene cargada de opiniones con intereses particulares. Cita a Francisco Velázquez diciendo “porque noticia en el sentido estricto, es lo que fastidie al enemigo del dueño del periódico… No hay cosa más triste que un periodista que se creyó el cuento del caiga quien caiga.”  

El autor añade algunas anotaciones sobre la nueva generación de los Ferré y el rol en dicho proceso de transformación del actual director general de GFR Media, Luis Alberto Ferré Rangel. Destaca de este último su formación periodística, el modelaje recibido de Castañeda, y el haber comenzado su carrera como reportero de calle. “La perspectiva crítica del joven director resulta prometedora desde temprano”, señala sobre quien asumió la dirección en el 1999 y le tocó aplicar el análisis de lo que habían anticipado y aprendido de Castañeda, coincidiendo con las luchas de poder entre el PNP y El Nuevo Día durante la gobernación de Pedro Rosselló. 

Aunque mantiene su crítica por las decisiones editoriales fundamentada en intereses económicos, reconoce que las aportaciones de esta nueva generación son demostrativas del interés que existe por un cambio en las ofertas del periodismo puertorriqueño. 

No obstante, el autor deja al margen o trata con cierta superficialidad dos emblemáticos proyectos de Ferré Rangel que han sentado pauta en el desarrollo del trabajo periodístico en las pasadas décadas. Estos son la creación del Centro para la Libertad de Prensa, con sede en la Universidad del Sagrado Corazón y dirigido por la veterana periodista Helga Serrano y el proyecto de democracia participativa Agenda Ciudadana, que surgió dentro del El Nuevo Día como una sección de responsabilidad social y se transformó en una institución independiente.

Tan a tono con los debates actuales sobre las noticias falsas, reflexiona sobre lo defectuoso de los conceptos de objetividad e imparcialidad que en su momento tanto sostén y prestigio dieron a la prensa y advierte que las estrategias persuasivas se han tragado la verdad noticiosa.

Cierra la primera parte del libro con una reflexión de lo que denomina como una crisis en el periodismo en la actualidad. Plantea que la sobre comercialización de los medios noticiosos y la dependencia de la industria de la publicidad, cada vez más vinculada al entretenimiento, han minado la libertad editorial del periodismo. Las audiencias ya no le creen al periodista como antes, quien ha perdido credibilidad ante la mecanización de su trabajo y la presión de tiempo que no deja espacio para profundizar, verificar e indagar. 

La segunda parte del libro, contextualizada en el nuevo siglo, curiosamente se intitula La emergencia del periodismo digital. No sé si casualidad o causalidad, pero eso de emergencia, más que derivado de emergente, propone una cierta urgencia crítica de lo que las nuevas tecnologías implican para el ejercicio del periodismo.

Se enfoca en esa primera década del siglo veintiuno, donde todavía se vivía con el susto del apagón de la internet cuando entraran los años 2000, y la incertidumbre de una profesión que se veía cada vez más limitada por los intereses económicos y los cambios tecnológicos que dejaban al margen periodistas que se resistían a los cambios y se anticipaba la muerte del periódico de papel. Es precisamente hasta ese año 2000 que Baralt cuenta la historia de El Nuevo Día.

El autor cita el resultado de un Seminario de Gerencia de Medios realizado en la Escuela de Comunicación (COPU) en el 2000, donde ya se pronosticaba que “la empresa periodística sobrevivirá si cambia a tiempo sus paradigmas editoriales y gerenciales.” 

Es eso justamente lo que hemos visto en empresas como GFR Media, la nueva generación de El Nuevo Día. Es precisamente ese periódico en que se enfoca en la primera parte de libro, el que traerá el periodismo a la era digital, habiendo sido pionero en la versión de Internet, con aplicaciones móviles, integrando blogs, actividades interactivas, recursos multimedios y transmisiones en directo. 

Pero esa efectiva adaptación fundamentada en decisiones empresariales y la adaptación a audiencias que buscan más entretenimiento que noticias, con alto grado de consumismo, y que acceden a la información mayormente desde artefactos móviles, han llevado a estos medios a producir mayormente contenidos simplificados, entretenidos, atractivos y mercadeables.   

De hecho, el más reciente estudio del comportamiento digital en la Isla, Digital & Mobile Behavioral Study 2016 realizado por Estudios Técnicos y presentado ante la matrícula de la Asociación de Ejecutivos de Ventas y Mercadeo, revela que las dos aplicaciones digitales locales de mayor utilización en la Isla, son dos de los productos emblemáticos del Grupo Ferré Rangel, los portales de El Nuevo Día y de Primera Hora.  

Es el Grupo Ferré Rangel quien nuevamente innovará en la industria mediática con aplicaciones para el mercadeo de contenido, su nuevo proyecto Brand Share imita reportajes noticiosos pero en este caso, son pagados como anuncios. Esto requiere un ojo entrenado y malicioso para distinguir la difusa frontera entre la noticia y el contenido publicitario. Este es un tema que el autor deja abierto para futuras investigaciones. 

Y justo hace un par de días, el grupo mediático vuelve a hacer noticia con el anuncio de nuevas estrategias que ayudarán a adaptar los contenidos de sus periódicos digitales a los intereses particulares de los mercados. Sí, porque ya el periodismo no es para los ciudadanos sino para los consumidores. 

Pero esta segunda parte no se centra en El Nuevo Día o Primera Hora. Presenta a algunos de los proyectos que han surgido de forma independiente en el escenario de la red. Destaca, entre muchos existentes en la actualidad, a la revista 80 grados, de su propia creación, el Centro de Periodismo Investigativo que surgió a raíz de los despidos en El Nuevo Día, el proyecto ambientalista Mi Puerto Rico Verde y el portal noticioso Sin Comillas.

Estos medios emergentes han logrado cubrir nichos poblacionales por intereses, alcanzando gran credibilidad entre sus audiencias que trascienden fronteras nacionales. Con el apoyo de sus perfiles en las redes sociales, estas iniciativas alcanzan cantidades insospechadas de seguidores, que se unen a la conversación típica de estas redes interactivas, a partir de la Web 2.0.  

Sin embargo, en una reflexión final, el autor cuestiona sobre la sostenibilidad de este nuevo periodismo independiente y digital. Algunas de estos medios operan con un presupuesto extremadamente limitado y vulnerable. El riesgo de esto es que muchos ven los contenidos en las redes sociales y los comparten sin nunca entrar a la página web del medio, donde están los anuncios, limitando su efectividad desde la perspectiva de los publicistas. 

En el libro, queda pendiente profundizar en el rol de los blogueros y en el potencial económico de una prensa independiente. Queda pendiente el análisis de si este nuevo periodismo independiente, que controla su propio medio, tiene igualmente riesgo de sucumbir a las tentaciones y presiones económicas a las cuales ya sabemos que se somete la prensa tradicional.

De El Nuevo Día al periodismo digital es un libro que todo comunicador profesional o aspirante a serlo debe leer. Pero igualmente cada ciudadano debe conocerlo y reflexionar sobre cómo le impacta la noticia diaria y cuáles son los hilos que mueven dicho escenario mediático.

Es además una oportunidad de ver el periodismo a la luz de los cambios sociales y la preparación de los profesionales de la comunicación, que el propio autor, profesor universitario comenta, y yo critico como el faranduleo en aspirantes en escuelas de periodismo. 

El libro resulta además un ejercicio de provocación para estimular la investigación y mirada crítica a otros aspectos del periodismo en Puerto Rico que se quedan fuera de sus páginas o se tratan con marginalidad. Por ejemplo, no incluye el periodismo radial que merece otro libro, ni la prensa fuera del área metropolitana, con una tímida referencia a nuestro semanario La Perla del Sur, e ignora a El Vocero en relación a los temas que trata en esta publicación. 

Quedan en el tintero otros temas que nos provoca esta lectura como el periodismo satírico que ha resurgido en los medios digitales, el papel de los gremios periodísticos ante todos estos retos que se relatan, la participación activa del ciudadano común en la creación de contenidos que compiten por la atención de las audiencias y la brecha en la literacia digital que produce marginación social.

Habría que continuar analizando cómo las personalidades, muchos de ellos abogados varones, que trabajan noticias y análisis, como el caso de Jay Fonseca, y otros comentaristas de temas noticiosos, afectan la percepción de la función del periodista.

Estos tienen ingresos por estos espacios informativos que sobrepasan por mucho el salario típico de un reportero. Mientras, vemos como crece el número de periodistas profesionales que tienen que trabajar en varios medios a la vez para poder suplementar su salario y aceptan hacer mensajes publicitarios para ganancia del medio que los contrata.

Queda por ver cómo lo que fue una bonanza publicitaria en los 70s y que produjo ganancias en los medios informativos, e impactó salarios, beneficios, condiciones de trabajo, equipos, viajes, entre otros, ya no es una realidad. Esa publicidad que un día mejoró a la prensa, ahora la trivializa para satisfacer consumidores que buscan entretenimiento y placer, no la noticia que provoca pena e incertidumbre.

Este trabajo de Coss, arranca la necesaria reflexión de los aspectos fundamentales de una profesión que tradicionalmente se trataba como un sacerdocio. Y como ha ocurrido en otras importantes instituciones, los cambios tecnológicos, políticos, económicos y sociales, han transformado las relaciones entre los periodistas y sus audiencias, que ya no saben con certeza si pueden tomar libremente las decisiones basadas en lo que le dice la prensa.

 

Presentado en la Librería el Candil en Ponce, Puerto Rico, el 27 de mayo de 2017.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El riesgo de la mentira — abril 20, 2017

El riesgo de la mentira

Presentado en el foro público Te Mienten

4/20/2017 Librería El Candil, Ponce, PR 

Inicio con el pensamiento que comparto en la portada de mi cuenta en Twitter: “El riesgo de la desconfianza es que mata la solidaridad. Las mentiras son abono para el caldo de cultivo de la tiranía.” Espero acepten esta propuesta como una provocación, un estímulo a la reflexión y al diálogo continuo sobre el tema, y proponernos como ejercicio obligado, la exposición selectiva de medios y mensajes.

A lo largo de la historia de la Humanidad, el poder siempre ha manipulado la información para su propio beneficio. Lo hace a nivel micro, en los grupos sociales como la familia, y lo hace a nivel macro en los gobiernos, empresas y religiones. Las instituciones socializan a los ciudadanos para que respondan a dicho poder a través de otras instituciones como la educación y los medios, definiendo contenidos que adapten al individuo a los intereses de quien manda. Es el método por excelencia de lograr obediencia, sea en el modelo totalitario o en la democracia.

El periodismo del siglo veinte, se ejerció a través de empresas mediáticas, algunas pertenecientes a grandes imperios comerciales, y definió la verdad como su principal valor. Así ganó prestigio y confianza. Casos como las investigaciones periodísticas de Watergate y Cerro Maravilla, lo validaron. Se posicionó como el “cuarto poder”, para proyectarse como balance en la democracia republicana. Pero poder al fin, también se sometió a la tentación de controlar los datos para su beneficio, ideológico y económico.

En ese mismo siglo, al periodismo le nació un hermanito quien vino, en ocasiones a ayudar en la tarea y en otras a competir o distraer. Le pusieron “relaciones públicas”: una joven profesión que tuvo sus inicios en la oscura propaganda de guerra pero que ha evolucionado a una donde el interés público prevalece, cuando se ejerce de forma ética. Menciono esto porque los relacionistas se han ganado en las décadas pasadas cada vez más exposición noticiosa, lo que llamamos publicity, que no debe caer en lo que llamamos falsas noticias. Los comunicados y conferencias de prensa requieren el filtro editorial y el buen periodismo solo publicará aquello que verdaderamente tiene valor noticioso y está corroborado. El relacionista que no entienda esto, no conoce su deber.

Hoy en día, clasificamos los medios en tres categorías: medios propios, medios comprados, medios ganados. Los primeros son aquellos de los cuales somos dueños o tenemos control del contenido que se publica, sea el gran periódico o tu página de Facebook. Los segundos, en los que compramos tiempo o espacio, como lo hace la publicidad y la nueva modalidad de mercadeo de contenido. Y los últimos, donde podemos ubicar la estrategia de publicity que mencionamos, ahora se refieren más a la capacidad de compartir voluntariamente información en medios de otro, de forma espontánea y gratuita, como hacemos con los shares o los re-tweets en las redes sociales.  

En la actualidad, la tecnología ha facilitado el que una parte significativa de nuestra sociedad tenga acceso a medios propios que le permiten publicar contenidos de la más diversa temáticas y calidad, compitiendo en atención, con lo que tradicionalmente conocíamos como noticia, el género más común del periodismo. Esa misma tecnología ha ido adaptando a la mente humana a crear realidades alternas para gratificación personal. Desde niños nos vamos acostumbrando a vivir, a través de juegos y plataformas virtuales, vidas irreales que llenan toda la jerarquía de necesidades emocionales que Maslow nos enseñó.

Por esto, no me extraña que estemos hablando de la palabrita de moda, la posverdad, como una realidad alterna que decidimos creer porque nos llena emocionalmente aunque no sea verdad. En otras palabras, nos hemos acostumbrado a vivir de mentiras, si lo que es verdad no nos produce emoción gratificante. Suena a una transformación de la negación típica, pero ahora, no solo negamos la verdad, sino que inventamos una que llene esa necesidad de información. Podemos decir que vivimos en la era de las verdades propias, las verdades ganadas y las verdades compradas.

Si bien es cierto que la presidencia de Trump ha provocado mayor interés en el tema, por lo inminente y riesgoso, esto de la manipulación de la información noticiosa no es nada nuevo. No tiene que ser todo falso. De hecho, las medias verdades se creen con mayor facilidad. El proceso de gatekeeping, o selección en la información que se publica, o del espacio para su publicación, o de los portavoces que representan una causa, son todas estrategias que buscan un efecto en la audiencia, un efecto que beneficie al emisor.

Pero esa selectividad del medio, limita los puntos de vista a que nos exponemos a la hora de formar nuestras opiniones y actuar. Y esto no tiene que ver con ideologías de derecha o izquierda. Esto lo hace todo el que tiene poder de controlar la información. Hay que añadir que también nosotros limitamos los medios e información a los que nos exponemos, pues usualmente buscamos lo que nos gusta y satisface. Se añade a esto la diversidad de contenidos que se perciben como noticia y no lo son, como ocurre con los programas de chismes, los artículos auspiciados o entrevistas pagadas en noticieros.

Si nos aferramos a la función básica del periodista que es la de informar contenidos relevantes de actualidad para que el ciudadano común pueda tomar decisiones libremente y adecuadamente informado, tenemos que preguntarnos, ¿es eso lo que puede hacer hoy un periodista, considerando los contextos en los cuales trabaja? Y pero aún, ¿es eso lo que quieren escuchar y leer los ciudadanos?

El foro se llama Te mienten, pero podemos cambiarlo a una pregunta, ¿Te gusta que te mientan? ¿Te hace sentir mejor la mentira que la verdad? ¿Prefieres estar informado o entretenido? ¿Vale aquello de que “ojos que no ven, corazón que no siente”? Antes, la transmisión de la información era más lenta y limitada. Pero ahora, el menú de opciones rápidas para tener respuestas inmediatas, es infinito. No hay tiempo de procesar ni verificar, pues queremos tener los datos que nos hagan sentir bien, y tenerlos antes que cualquier otro.

Y cuando hay tantas verdades rondando nuestro entorno, físico y virtual, llega un momento en que comenzamos a desconfiar del otro. La incertidumbre sobre la verdad, cuando ves que la tuya es diferente a la del vecino, y eso te parece amenazante, se hace más difícil tener una sociedad solidaria, dejando el camino libre para que el que está en el poder, abuse. ¿Les suena familiar?

El problema es una ciudadanía cada vez más alejada de la noticia de hechos reales, relevantes para la sociedad, más atenta al entretenimiento y a un tipo de voyerismo farandulero. Una ciudadanía abrumada y angustiada por una lucha constante por existir, que busca en los medios escape, no que le traigan más problemas y responsabilidades. Con los propios le es suficiente y no conecta que los suyos tienen origen social.

Entonces: ¿cuál es la solución? ¿Seguir cada uno como el avestruz, enterrando nuestra cabeza en la arena movediza de la información virtual? La posverdad se está tornando viral y como con cualquier virus, hay que aplicar prevención para parar la epidemia. La medicina es la educación. Y no me refiero solo a la formal, que igualmente está en crisis, sino a las ganas de aprender que hay que inculcar en ese proceso de socialización que le hemos dejado a las instituciones de poder, sin cuestionarlo.

Hay que estimular un aprendizaje invisible y continuo, en todas las esferas de nuestras vidas, sin miedo a cuestionar, no importa la autoridad que nos provee los datos. La información es un valor, que tiene precio. Se compra y se vende. Pero lo que somos, nuestros conocimientos, actitudes, creencias, opiniones, se forman de la información a la que nos exponemos, procesamos y decidimos aceptar. Si solo la filtramos con emociones, sin un proceso empírico, estamos a la merced de quién nos miente.

Escapar de la verdad es un ejercicio inútil, aunque emocionalmente gratificante. Cuando lo hacemos como hábito en nuestro carácter personal, ponemos en riesgo nuestra salud mental. Pero cuando esto ocurre en una sociedad, una que prefiere que le mientan, creerse que somos un país rico, pacífico, educado, próspero y libre, las consecuencias son graves para todos.  

Es entonces cuando basamos nuestros actos en datos irreales, razón por la cual no es posible alcanzar cambios. Nadie cambia si se siente bien como está. Mientras nos diviertan la atención hacia lo extraordinarios que somos, no podemos ver lo que tenemos que mejorar. No es ser pesimista, sino realista. Y solo se puede ver la realidad cuando nos movemos a experimentarla desde distintos puntos de vista. El valor de la información debe estar basado en lograr la libertad para definir una convivencia de beneficio mutuo y no un recurso de control social.

Ya Plantón nos hablaba de la posverdad con su metáfora de la cueva. Ser engañados parece ser una predisposición de los humanos, que han sabido capitalizar los poderosos para control social, político y económico. Y los medios, como parte de ese poder económico han sido cómplices. Y nosotros, cada uno de nosotros que creamos diariamente contenidos en nuestros propios medios virtuales, seremos cómplices si no reflexionamos antes de darle ese “like”.

Reflexiones en picada — marzo 14, 2017

Reflexiones en picada

Duele ver envejecer a quienes han dedicado una vida a luchar por una causa y después de tantos años, el mensaje no ha calado en las nuevas generaciones. Sea en la defensa de los derechos humanos, la cultura, del ambiente o de la libertad patria, los esfuerzos de educar parecen haber sido inútiles. Los retos, riesgos y amenazas se siguen repitiendo década tras década, pero parece que las soluciones se buscan mas en la conveniencia individual, que en lo colectivo.
¿Cuántos niños, jóvenes y maestros han visitado en giras escolares los museos, los bosques, los monumentos históricos a través de los años? ¿Cuántos han estado dispuestos a defenderlos cuando se ven amenazados por la ignorancia y los intereses económicos? La información ha estado disponible. Los maestros y ejemplos también. Entonces, ¿por qué la voluntad de la mayoría de los puertorriqueños aun no los impulsa a defender su patrimonio? 

¿Por qué sigue siendo más apreciado el desarrollo de proyectos de construcción que el valor de los recursos que desplaza o daña? ¿Porqué la vida de una celebridad mediática logra más atención que los próceres? ¿Por qué seguimos faltos de creatividad en un desarrollo económico sostenible y compatible con la defensa de los valores humanos, sociales y ecológicos? ¿Por qué es cada vez más difícil lograr la motivación y movilización de los universitarios en acciones concretas de beneficios para sus comunidades?

Buscando respuestas me provoca pensar que hemos agobiado tanto a la juventud con presiones económicas, algunas infundadas por la comercialización de sus vidas. Que les hemos entretenido tanto con realidades mediáticas que aspiran a vidas inexistentes. Que hemos criticado tanto el presente que se les hace difícil ver su futuro. 

Triste ver que se siguen deteriorando nuestras existencias y se va acabando el tiempo de lucha, mientras los herederos de esta tierra siguen divertidos o angustiados sin poder encontrar su ruta. Y cuando alguien les promete un plan, lo acogen sin mirar el mapa, porque necesitan guía.  Porque no logramos que aprendieran la lección de que no hay soluciones mágicas, que no están en las manos de un dios, que los políticos no las tienen. 

No hemos sido efectivos en lograr que cada boricua valore y defienda con garras y corazón su terruño. Que nos hemos intoxicado con un patriotismo light e ignorante, estimulado por un folklorismo vacío e impreciso fomentado por las aulas. Que el billete del patrono extranjero nos hace bailar como monos al son que otro toca. Hemos fallado como educadores, como padres, como líderes, como comunicadores. El mensaje no fue aceptado. Tenemos que comenzar de cero.

No quiero sonar pesimista, pero hemos tenido una sobredosificación de optimismo mágico y hueco, que no conduce a nada, pues no asume responsabilidad. No podemos seguir mostrando en giras escolares al país como quien pasa por una exhibición de moda, ajeno a nuestra realidad, sin que estimulemos un compromiso, eso que ahora llaman “engagement”. No podemos seguir vendiendo el esloga pegajoso de que soy boricua sin que se conozca a Betances y De Hostos.

Hemos aceptado un sistema educativo, a todos los niveles, que produce gente uniforme, obediente, distraída, conforme, insegura. Y eso es ideal para sostener indefinidamente un sistema político y económico que solo favorece a unos pocos mientras crea la ilusión de que todos somos libres y felices.

Abre los ojos y mira a esos envejecidos líderes que tenemos en cada rincón del país, cansados, frustrados algunos, pero en píe de lucha. Escucha la voz de los ancestros que claman desde el más allá por justicia. Cuando ya no estén allí para abrir conciencias, entonces todo lo habremos perdido.

Rotulitos — marzo 10, 2017

Rotulitos

Todavía recuerdo un rótulo y un retrato de Muñoz Marín en el balcón de la casa de mi abuelo que lo identificaba como popular. Él era el único popular en una numerosa familia de republicanos, pero como patriarca y amado anciano, se respetaba que pusiera el letrero.
En los 50’s era común, al pasar por los barrios urbanos o rurales, ver que los hogares se identificaban con la imagen de Muñoz Marín, muchas veces puesta al lado de un “sagrado corazón” u otra imagen religiosa. Esto era típico en otros lugares de nuestra América Latina en un momento donde los patriarcas y dictadores eran la orden del día. La vecina república documenta en su Museo del Hombre Dominicano los letreros que el “benefactor” Trujillo hacía colocar en honor a sí mismo en las casas humildes de los que pisoteaba a diario.

Esa iconografía de “grandes hombres” y testimonios de opinión pública que se manifestaban en letreros en los balcones parecía ser legado de tradiciones ancestrales donde se pintaban las puertas con sangre de cordero o se colgaban ajos para espantar el mal. Era un escapulario para la morada familiar que la resguardaba de la ira del indiscutible poder.

Para los 60’s, un movimiento estadista en crecimiento creaba redes de comunicación cuasi clandestinas haciéndose llamar “los tapaítos”. Eran maestros y otros empleados del gobierno, dominado indiscutiblemente por los populares, que escondían su preferencia política temiendo el discrimen que de seguro desembocaría en hostigamiento en el empleo. Esos no usaban rótulos que divulgaran su ideal. Ser marcados era ser discriminados. Sin embargo, eso no parecía desalentar a los independentistas que en términos generales, siempre lucían su ideal al aire aunque fueran carpeteados.

En los años post Carlos Romero Barceló, vimos nuevamente un resurgimiento de la rotulación permanente en el balcón hogareño. El “maestro” en esto ha sido por años el alcalde de San Juan, Jorge Santini, quien ha creado la ilusión de que los pobres lo favorecen, rotulando cientos de apartamentos en residenciales públicos con pancartas, que se ven a lo lejos, apoyando su gestión.

Fuera de esas comunidades, rotular el ideal o preferencia, fuera religiosa o política, fue perdiendo popularidad. Los cambios sociales y el miedo a ser atacado fueron limitando y transfiriendo a otros medios la expresión pública. Surgieron las llamadas en las emisoras de radio AM, donde el pueblo, o más bien, los activistas, expresaban su sentir. Pero el hogar era terreno sagrado que no queríamos exponer a la ira de la oposición. Los rótulos favoreciendo los que estaban en el poder, no era suficiente protección.

Por un tiempo, el bumper del auto se convirtió en el espacio de expresión pública por excelencia. Pero el temor al vandalismo unido a una nueva moda de adoradores de objetos movibles de cuatro ruedas, fue desanimando dicho medio. Para esa nueva generación, poner un rótulo, que no fuera honrar un pana muerto, era ensuciar el auto aniquelao.

Las camisetas también tuvieron su momento climático como foro público. Pero estos espacios fueron sucumbiendo al comercialismo. Y hasta el querido Ché fue víctima de la trivialización, convirtiendo su rostro en un rótulo para estar in en vez de comprometerse con su pensamiento. Ahora vale más usar una t-shirt de Billabong que una con un “Coño, despierta boricua”.

¡Y llegaron las redes sociales en Internet! Y entonces todos comenzamos a rotular de nuevo. Creamos espacios para divulgar lo que somos, lo que hacemos y cómo pensamos. Unos más atrevidos que otros. Otros más temerosos que uno. Se fue regando como la pólvora la necesidad de tener una página en una red para estar en la discusión pública y empujar nuestro modo de ver el mundo.

Por un tiempo sólo fue diversión, pero comenzamos a darnos cuenta que rotular nuestro “balcón” cibernético puede lograr alianzas poderosas. Ya no se trata de los amigos cristianos que nos atosigan status tras status con mensajitos cursi, o los amigos de algún corazón del rollo que hacen lo mismo con su benefactor de turno.

Ahora sabemos que podemos crear rotulitos que documenten nuestra indignación y salvemos las barreras ideológicas para solidarizarnos como pueblo. Es tan sencillo como usar el espacio de la foto del perfil de Facebook o Twitter para hacer una denuncia, o ceder el status de nuestro muro virtual para escribir, cual grafitti callejero, nuestra opinión. Es el equivalente moderno a rendir tributo al “Vate” poniéndolo al lado del Nazareno en la entrada del hogar.

Pero también están los rotulitos tradicionales. De esos que escribimos en una cartulina y hasta ahora llevábamos a los piquetes y protestas. Y digo hasta ahora porque han cobrado una nueva modalidad de exponerse de forma masiva. Ahora también nos quedan más bonitos en computadora.

Como hongos tras las lluvias, han comenzado a salir rótulos en oficinas de gobierno, restaurantes, universidades y empresas que muestran la molestia. Son pequeños y tímidos, pero al ser capturados digitalmente y puestos a correr como virus en las redes sociales, se convierten en un grito de guerra.

Los más que hemos visto denuncian el aumento del costo de la energía eléctrica, pero me sospecho que estamos en el inicio de una nueva era de rotulitos en nuestros balcones, físicos y cibernéticos, que denuncian, divulgan y comprometen para luchar por una causa.

Por décadas nos hemos convertido en un pueblo fragmentado e individualista. Por consecuencia, nos hemos comenzado a temer unos a los otros. El poder sonríe. Pero cuando comenzamos a salir a la luz pública con nuestro rótulo, cuando convertimos nuestra actitud en opinión expresa, vamos conectando nuevamente un país que se siente representado por esos rotulitos de indignación.

Escribe el tuyo. Crea un grito en la pared. Retrátalo y tuitéalo. O, simplemente ponlo en tu balcón, camiseta, cristal trasero o espacio de trabajo. Pégalo en tablones de aviso. ¡Que se sepa que este pueblo tiene voluntad y voz!
Originalmente publicado en 80 grados en 2011

Entre la abundancia y la escasez  —

Entre la abundancia y la escasez 

Ser pobre es no tener recursos. Algunos le añadimos el no poder, no querer o no saber salir de la escasez en que se encuentra. Usualmente asociamos la pobreza con recursos económicos, pero existen los escasos de conocimientos y voluntad.
Publicidad es la comunicación persuasiva para estimular el consumo u adopción de productos, servicios o ideas. Industria millonaria al servicio del mercadeo, la publicidad también es la que sostiene a los medios masivos y construye socialmente la cultura popular.

En nuestra sociedad, el acceso a los medios masivos de comunicación, sobre todo radio y televisión, está ampliamente generalizado en todos los estratos socio económicos, por lo que tanto los de abundantes como los de escasos recursos, reciben a diario variedad de propuestas para comprar. Pobres y pudientes son bombardeados por igual con ilusiones y escenas de convivencia ideal que estimulan sus sentidos y deseos. Pero los pobres no tienen la capacidad de consumar sus ilusiones.

En las décadas de los 50’s y 60’s, múltiples teóricos se enfocaron en investigar y reflexionar sobre los efectos sociales de la publicidad. Publicaciones como The Hidden Persuaders (1956) del periodista y crítico social Vance Packard, atacaba la publicidad por manipular la mente humana con estrategias psicológicas para inducirlos a consumir alcohol, cigarrillos y comprar de forma desmedida.

La industria publicitaria es hija del capitalismo. Surge ante la competencia de la producción excedente de bienes de diversidad de marcas privadas. Sabemos que sus mensajes han creado necesidades en las audiencias para estimular la venta de nuevos productos.

La producción de bienes de consumo a nivel masivo, que surgió tras la Revolución Industrial del siglo dieciocho, cambió también la organización social que movía a los campesinos a las ciudades donde se instalaban las fábricas que los empleaban por sueldos de miseria. La finca que les proveía al menos alimento saludable, fue dejada atrás. Ahora en la ciudad, todo costaba. La industria le pagaba y la industria le cobraba por todo: casa, comida, transporte, ropa, entretenimiento. El estilo de vida tranquilo y natural del campo, con un comercio artesanal y comunitario, fue desapareciendo.

El siglo veinte fue revolucionario. Los trabajadores de las fábricas se revelaron y se unieron solidariamente para reclamar mejores condiciones laborales y de vida. La migración del campo a la ciudad cambió valores y estilos de convivencia.

Un visionario capitalista llamado Henry Ford se percató del mercado que tenía en su propia fábrica y revolucionó la industria creando productos y condiciones laborales que permitieran al obrero tener mayor poder adquisitivo. Se creó la ilusión de que el trabajador ahora tendría más… más para gastar consumiendo… más para gastar en los productos de las fábricas donde dejaban la vida.

Este fue el siglo que vio nacer la radio y la televisión. Estas nuevas tecnologías pronto probaron ser una mina de oro, y crecieron estimuladas por la creciente industria publicitaria. Entraron masivamente en los hogares de los trabajadores los mensajes que vendían mejores estilos de vida, mejores relaciones y mayor autoestima. Se fueron construyendo en constantes segmentos de a minuto, aspiraciones que costaban, productos que nos ponían en competencia continua con el vecino, en una constante carrera por tener… para ser.

Ojos que no ven, corazón que no siente, dice el antiguo refrán. Pero en nuestro ambiente, la publicidad está expuesta a los ojos de todos, aún cuando sólo quiera conquistar los corazones de los que pueden comprar.

Los que no tienen recursos se van sintiendo excluidos de una vida social inalcanzable. Sobre todo los niños y jóvenes, van desarrollando frustraciones de no poder tener lo que todos parecen poseer, según las historias del discurso publicitario. El juguete de moda, la ropa de marca, los tenis de celebridad, el celular más inteligente… son los nuevos símbolos de valor. La publicidad, más que otros discursos mediáticos, va formando las expectativas e ilusiones, los modelos de opulencia y éxito, donde lo importante es tener, no saber.

Van cambiando las expectativas hacia aquellas donde poseer comodidades y artículos de valor es lo que nos hace gente. Pero la realidad de ser pobre no cambia. El dilema es cómo tener lo que quiero. Cómo lograr valor ante la sociedad. Cómo salir del estado de pobreza.

Ronald Berman, autor de Advertising and Social Chance (1981) advertía que en ocasiones, la publicidad presentaba la producción y el consumo, no como un medio, sino como el objetivo, el fin de nuestro comportamiento social. Encontraba contradicción en los analistas liberales que criticaban que la publicidad reflejara de forma estereotipada a las minorías, pero a su vez proyectaba nuevas imágenes de esos grupos excluidos para alterar la opinión pública sobre éstos.

Y esto nos lleva a los que, para sí, no se consideran pobres, aún cuando sus ingresos los coloquen en las estadísticas de la pobreza nacional. Son los que tienen un trabajo. Los que el trabajo les da margen para lograr crédito. Los que pueden comprar aunque sea fiao. Esos que deben más de lo que ganan. A esos son los que la publicidad más enamora, y los bancos, aunque ahora más cautelosos, le brindan crédito para “mover la economía”.

Esos son los que reciben el bono y lo gastan en corporaciones que pagan miserias a sus trabajadores. Esos son los que han sucumbido al consumismo de la propaganda publicitaria y como creen que pueden, viven con la ilusión de que son libres para sentirse superiores a los pobres, a quienes miran con desprecio. No se dan cuenta cuán pobres son, pues la publicidad les ha construido otra historia.

La publicidad no vende productos, vende ilusiones. En la mayoría de los casos, estimula el deseo de adquirir algo no por su función utilitaria sino por cómo nos hace sentir. Por lo tanto, el no poder tener el objeto deseado no solo nos priva de usarlo, sino nos hace sentir inadecuados, desvalorados.

Los tenis de marca que el muchacho del barrio ve en la celebridad del deporte o la farándula, no lo hace jugar o caminar mejor o más cómodo, lo hace sentir poderoso. Y los quiere a toda costa, sin importar el precio, porque quiere ser parte de ese mundo que le ha vendido la publicidad, de los que tienen, de los que ganan… de los que son.

El vandalismo que provocaron los jóvenes manifestantes en los motines recientes en Inglaterra era destinado selectivamente a tiendas que vendían productos que ellos ansiaban tener porque eran los de moda, los que la publicidad les había indicado que debían poseer. Pero ellos no tenían los recursos para comprarlos, sólo el deseo. Y no se trababa de un vulgar robo de mercancía. Era una manifestación social y política para reclamar el derecho a tener lo que el poder económico les ofrece, pero les impide adquirir.

La publicidad sostiene a los medios, que también ignoran las necesidades del pobre. El pobre no es su audiencia favorita porque el verdadero pobre no es consumidor selectivo, por lo tanto, no es atractivo para el publicista. Los medios no venden espacio ni tiempo, venden audiencias que pescan construyendo contenidos atractivos para el público que aspiran tener. Por supuesto, prefieren audiencias que sean más atractivas para los publicistas que pagan por llevar el mensaje que estimula el consumo.

Los programas de noticias son de los pocos que muestran la pobreza en nuestros medios electrónicos comerciales, pero cada vez se reducen más. Aumentan los contenidos que entretienen y muestran gente “linda” y exitosa o pobres a quienes ridiculizan o se aprovechan de su dolor. Mientras en la radio, los analistas son cada vez más clasistas, comentando el país desde sus cómodas circunstancias de vida, sin saber lo que es pasar hambre o moverse en carro público. Pero eso es lo que busca el publicista, porque son los programas que más gente escucha.

Campañas como la reciente del Banco Popular, refuerzan la creencia de que el problema del país es que somos vagos. Si todos nos animamos a trabajar, seríamos más felices. Estimula en una apretada clase media, la que vive del crédito y aspira a ser “pudiente”, un sentimiento de hostilidad hacia aquel que no trabaja, a quien percibe como pobre.

La publicidad no es democrática. Sólo dirige sus esfuerzos al que tiene recursos e invierte en los medios que le sirven. Controla los medios y por lo tanto, la información y la cultura. El verdadero poder es el económico y el que no tiene, no puede.

Y entonces llegamos a los pobres de conocimiento y voluntad. Esos sí que son peligrosos y más difíciles de identificar. Los hay en todos los estratos sociales. Están los pobres de conocimiento porque no pueden y los que lo son porque no quieren aprender.

Los pobres de conocimiento, distinto a los pobres de recursos económicos, sí son buena tarjeta para la publicidad. Esos son los que sin pensar mucho, se someten a las ilusiones consumistas. Son los que compran por comprar, los que son porque tienen, los depredadores del planeta a quienes no les importa desechar lo que aún tiene valor.

Esos pobres de cultura, que no pueden comprender la economía ni contextualizar la noticia, son los que sostienen a los políticos y empresarios que nos hacen más pobres. No se dan cuenta de que son utilizados. Son presa fácil de los publicistas de campañas electorales. Son los que han perdido la voluntad y actúan como les dicen los constructores de imágenes promocionales.

La pobreza es producto de la desigualdad social y económica. El economista John Kenneth Galbraith en The Affluent Society (1958), denunció que la publicidad estimulaba un consumismo derrochador que le permitía a un pequeño grupo de la sociedad global abusar de los recursos ambientales del planeta para su propio beneficio.

El consumismo es el resultado de la propaganda promocional en los medios masivos que cuentan la historia que ellos quieren para complacer al poder económico. Los trabajadores producen para que otros se enriquezcan con lo que esos mismos trabajadores consumen. Es una trampa que no es distinta a las monedas acuñadas por los patronos, con las que le pagaban a los obreros de la caña para que solo pudieran comprar en la tienda del mayoral.

El filósofo de la política, Herbert Marcuse publicó El hombre unidimensional en 1964 donde advirtió que la publicidad era el medio a través del cual la tecnología deshumanizadora alcanzaba la profundidad de nuestra conciencia y destruía nuestra libertad. Pero ni la publicidad ni la tecnología son los villanos, sino simples medios al servicio de quienes pueden pagarlos.

La villana es la ignorancia, la incapacidad para hacer la conexión entre lo que nos hace pobres y lo que hacemos para hacer a otros más ricos. La dejadez para mirar en un contexto global que la miseria en el mundo la estamos provocando los que consumimos sin conciencia. Lo cómodo para nosotros es producido en el mundo por pobres, que aún con trabajo, no les da para comprar lo que producen.

Mientras estemos sometidos a la urgencia de comprar sin necesitar, somos todos pobres de voluntad y cómplices de la pobreza mundial, aquella que paga injustamente al que verdaderamente produce y hace más rico al que menos se esfuerza.
Originalmente publicado en 80 grados en 2011

El fin de la conveniencia  —

El fin de la conveniencia 

Me levanto y salgo de un acogedor cuarto donde he despertado con música agradable. Abro el grifo y sale abundante agua caliente y cristalina. Tengo ropa limpia y zapatos cómodos que vestir. Café de calidad, desayuno para escoger. Tengo también la opción de ir a trabajar en auto o en bicicleta.
Usualmente prefiero las cuatro ruedas… por si llueve o tengo que moverme a alguna gestión. Trabajo a diez minutos de casa. Tengo un trabajo que me gusta y gano lo necesario para mi módico estilo de vida. Tengo opciones. Puedo escoger qué comer, qué vestir, a dónde ir. Puedo comprar; tengo crédito. Y aunque me quejo de sufrir de stress, mi vida es cómoda.

La comodidad, aunque muy relativa, parece ser un objetivo para la gran mayoría, sino para todos. Mientras más recursos, más opciones. Pero aún con pocos, podemos definir un nivel de comodidad ajustado a nuestras circunstancias, si es que somos realistas.

En la era del “ojos que no ven, corazón que no siente”, o sea, cuando solo estábamos expuestos a la realidad inmediata de nuestras circunstancias, sin acceso virtual, global e inmediato a un mundo infinito, era más fácil definir esa comodidad. Ahora queremos más. El que dormía en la hamaca cómodamente, ahora sabe que hay un posturepedic en algún lugar. El que se tiraba en yagua, ahora quiere patineta.

En nuestro país, hemos comprado el discurso de la abundancia que nos vende la publicidad, los políticos y algunos pastores oportunistas. No hay mejor terapia para la depresión que la visita a un gran y lujoso centro comercial cuyas vitrinas inundan nuestros sentidos y nos hacen olvidar nuestras incomodidades. Además, el window shopping nos crea la ilusión de que tenemos opciones. También podemos alimentar la esperanza de que Dios proveerá.

Las universidades nos llenan de ofertas, aunque muchas no encajen en la realidad de los clasificados dominicales. Los suplementos de autos y propiedades nos hacen soñar con el vehículo o residencia ideal, la cual también habrá que decorar y amueblar con estilo. Y así nos pasamos la vida… ilusionados al punto de creernos que mágicamente vivimos en un país, o en un planeta con recursos inagotables para satisfacer nuestras fantasías.

Miramos al lado y vemos un Haití pobre y negro, al que ayudamos con migajas pero del cual nos desvinculamos como caribeños, aún cuando sea el único otro país de América cuya economía no ha crecido, además del nuestro, en los pasados tres años.

La burbuja ilusoria de que todo es infinito en el planeta, ya reventó. El pico del combustible fósil disponible a costo razonable, llegó y pasó. La capacidad de la atmósfera para protegernos de los implacables rayos cósmicos, se disuelve a cada momento. Y el crecimiento económico sostenido, se acabó.

Y ahora… ¿qué sigue? Bueno, podemos conformarnos con los dramáticos documentales de los History y Discovery Channels sobre las profecías del fin del mundo y pensar que no importa lo que hagamos, en cuestión de un año, esto se fastidió. Por lo tanto, vamos a saquear lo que queda, como en cualquier acto de desesperación y avaricia callejera.

A veces pienso que muchos jóvenes están convencidos de que les queda un año de vida cómoda y luchan por disfrutarse cada momento sin mirar al futuro. Carpe Diem… ¡vive el momento!

No podemos decir que no nos lo dijeron. Profetas, leyendas, chamanes y libros sagrados llevan milenios advirtiéndonos de la necesidad de un comportamiento social ético y afín a la salud del planeta. En años recientes, los científicos y economistas han retomado la advertencia milenaria de los filósofos. ¿Pero quién los escucha? Definitivamente no los que estamos cómodos. El daño que la humanidad postindustrial le ha hecho al planeta requiere incomodidad para darse cuenta y comenzar a remediar.

En su interesante propuesta sobre la publicidad y el fin del mundo, publicada hace ya una década, el profesor de Comunicaciones de la Universidad de Massachussetts y director ejecutivo de la Media Education Foundation, Dr. Sut Jhally, planteaba que para parar a tiempo y remediar los daños de una sociedad consumista y depredadora de los recursos del planeta, había que tomar acción inmediata. Presenta la metáfora de un tanquero que navega a toda prisa hacia la costa y que para evitar chocar, debe cambiar el rumbo en un punto crítico específico. Si pasa de ese punto imaginario, su propia fuerza avasalladora lo hará estrellarse de forma aparatosa.

Nuestro punto crítico probablemente coincide con las fechas de las profecías. Un estudio realizado por la Australian Commonwealth Scientific and Industrial Research Organization y reseñado en el libro The End of Growth (2011) de Richard Heinberg explica que los investigadores analizaron, mediante modelos computarizados, la información de los pasados 30 años sobre el crecimiento de la población global, tendencias de consumo y el nivel de abundancia de recursos importantes, entre otras variables. Concluyeron que el fin del crecimiento económico podría llegar en un periodo comprendido entre el 2010 y el 2050.

Vivimos convenientemente… para nosotros mismos. Pero muchos habitantes del planeta vienen sufriendo por siglos las consecuencias de nuestro consumismo, de ese mismo que nos hace la vida cómoda. Los medios tradicionales poco lo comentan; viven de la publicidad. Pero mientras podamos tener cosas convenientes para nuestro estilo de vida ideal, ¿por qué cambiar?

Desde hace años, movimientos en los Estados Unidos, han venido educando a las comunidades que quieren escuchar sobre la vida simple y la necesidad de cambiar estilos de vida, ajustándonos a un mundo finito en recursos, donde podamos vivir en la armonía necesaria para mantener un balance y permitir adecuadamente la recuperación de los recursos que utilizamos.

Algunas ciudades como Portland y Curitiba, por mencionar las más citadas de América, ya han incorporado en sus políticas públicas medidas que incentivan al ciudadano a vivir con ese grado de conciencia necesario. Organizaciones internacionales como la UNESCO ya desarrollan proyectos de comunicación y educación para el desarrollo sostenible, incorporando medidas tanto ambientales como económicas.

Los cambios en este punto crítico tienen que ser tanto desde la cúpula social como desde la base. Pero usualmente a los políticos no le gusta decirles a los ciudadanos que tienen que cambiar hacia estilos de mayor austeridad porque los opositores los acusan de que no les van bien. Unos y otros, irresponsablemente, siguen prometiendo la vida fácil.

Por otra parte, si el ciudadano no ve la necesidad, no cambiará su comportamiento. Economizar agua y electricidad, consumir alimentos localmente producidos, acostumbrarse a raciones más pequeñas, limitar el uso del automóvil, ahorrar en vez de irse a gastar en cosas innecesarias, son solo algunas de las “incomodidades” que muchos aún no están dispuestos a asumir.

La comodidad nubla el entendimiento. Es como cuando nos enamoramos y perdemos el uso de la razón. Nos hemos enamorado de las posesiones materiales y no sabemos cómo despegarnos de lo conveniente en nuestras vidas. Los electrónicos, la comida accesible, la transportación rápida, la moda, las apariencias, el agua caliente y el cuarto frio… ¿cómo dejarlos? Llegará el momento en que perderemos la opción. No tendremos que preocuparnos por dejarlos. Ya no estarán disponibles.

Muchos aquí y en el mundo, ya no tienen esas opciones. Fueron cómodos por mucho tiempo y solo ahora, cuando se incomodan porque perdieron el empleo, se dan cuenta. Muchos no hacen la conexión entre esa pérdida de oportunidades y la desigual distribución de los recursos en el planeta. Muchos nunca han conocido la comodidad porque siempre han tenido un forzoso trabajo para beneficiar a otros.

El fin está cerca. Más de lo que quisiéramos para sentirnos cómodos. Lo sentimos en el ambiente aunque queremos ignorarlo. No es el mundo lo que se acaba en el 2012; se acaba la conveniencia.

Pero, si no pasara nada, lo cual resulta improbable, al menos habremos aprendido una lección de evolución y podremos vivir en un mundo más justo y conveniente para TODOS.
Originalmente publicado en 80 grados en 2012

Perdiendo a Puerto Rico —

Perdiendo a Puerto Rico

El proceso de pérdida podría darnos una guía para comprender a algunos ciudadanos de nuestro país. Este proceso, esquematizado durante la década de 1960 por la psiquiatra suiza Elizabeth Kübler-Ross1, explica que usualmente la persona que enfrenta una pérdida, ya sea de un ser querido, su trabajo, una mascota u otra pérdida emocional o material, procesa la información y maneja sus emociones mediante la evolución de cinco pasos. El proceso incluye la negación, la ira, la negociación, la depresión y la aceptación. No todo el mundo pasa estas etapas en el mismo orden o con la misma intensidad. Algunos se fijan, digamos en la ira, y pueden pasar años lamentando con coraje lo que han perdido, sin trascender dichas circunstancias, lo cual puede afectar su ajuste a la vida diaria y sus relaciones con los demás.
En el Puerto Rico de hoy, somos muchos los que perdemos. Se pierden vidas, trabajos, pertenencias, salud, amores, oportunidades y confianza. Vemos cómo algunas de estas pérdidas personales desatan otras manifestaciones sociales que afectan la convivencia en comunidad. La pérdida de vidas por actos criminales, no solo lleva a los íntimos del difunto a manejarla sino que estimula en otros la ansiedad y temor de poder enfrentar circunstancias similares en cualquier momento. Es como sufrir por pérdidas anticipadas. Algunos casos notorios, como el de la adolescente víctima de un disparo en Año Nuevo o la pareja de novios asesinada en Ponce mientras paseaban por una transitada avenida, provoca en la comunidad en general una sensación de impotencia y pérdida, como si fueran parte de la familia. De esa manera, muchos pueden experimentar el proceso de las etapas mencionadas.

La alta incidencia de robos, escalamientos y despidos laborales también lleva a muchos puertorriqueños a sufrir pérdidas materiales que afectan su estado emocional y su conducta. Perder el empleo cuando no hay oportunidades inmediatas de conseguir otro, obliga al individuo a hacer ajustes económicos en los cuales también pierde conveniencias que pueden afectarle significativamente. Por otra parte, la pérdida de la pareja por separación, provoca en algunos sentimientos de ira que pueden culminar en actos de violencia.

En otros ámbitos, la pérdida de confianza que se evidencia en el ciudadano en relación a las autoridades del país también desestabiliza la relación entre estado e individuo y dificulta el consenso de un modelo de gobierno satisfactorio para todos los sectores. Si vemos la frecuencia con que perdemos y lo lento que puede ser el tránsito por estas cinco etapas para manejar dichos sentimientos, tal vez podamos comprender el grado de inestabilidad que permea nuestra sociedad.

Se me ocurre que por un momento visualicemos a Puerto Rico como un moribundo. La sensación entre muchos de que “la cosa está mala” y que cada vez se pone peor, puede personificarse con un enfermo terminal que muchos diagnostican pero pocos aciertan en curar. El paciente sufre de una prolongada condición de deterioro progresivo y los familiares, en éste caso, los ciudadanos, ven como van perdiendo aquel robusto país que décadas atrás era el modelo económico y social para muchos. Pero al igual que nos dice la destacada psiquiatra sobre los familiares que pierden a un ser querido, no todos los deudos del difunto procesarán la inminente pérdida de la misma manera. Veamos cómo algunos podrían estar enfrentando la pérdida de su Puerto Rico ansiado.

La primera etapa es la negación. Me parece que muchos están en esta temprana etapa pues no parecen o no quieren darse cuenta de que el paciente se nos muere. Esos pueden tener episodios de lucidez en los cuales se quejan, pero fácilmente escapan a la realidad en un ejercicio de consumo desorbitado o diversión que les refuerza su estado de negación. Esos son los que niegan la crisis o se niegan a reconocer los responsables de la misma; son los que parecen felices, participan de toda fiesta de pueblo, gastan lo que no tienen y son los que no pueden conectar causa y efecto.

Otros se han fijado en la ira, la segunda etapa. Esos son los amargados que no encuentran solución y le echan la culpa a todos, con mucho coraje. Éstos son agresivos en palabra y acción porque no pueden tener lo que quieren. Además, insultan y resisten hacer alianzas. Ellos tienen coraje porque no creen merecer lo que les está pasando y agreden y maltratan a quienes identifican como la causa de sus males o a quienes ven más débiles y les sirven de válvula de escape a su ira. Éstos no reconocen su grado de responsabilidad en la enfermedad del moribundo. Confunden la ira con la indignación.

Negociar es la etapa intermedia. Para los religiosos, durante la inminente pérdida de un ser querido o algo verdaderamente apreciado, es típico hacer promesas a Dios para que los salve. En el caso de nuestra visualización del país, serían los que negocian cada cuatro años con los políticos que prometen salvarnos del desastre de la anterior administración. Negocian el apoyo y el voto, ofreciendo llevarlos al poder para qué éstos a su vez los rescaten de lo perdido, sin ellos aplicar mayor esfuerzo.

Finalmente llegamos a los deprimidos. La depresión aflora como cuarta etapa cuando ya reconocemos la pérdida, nos ha dado coraje y hemos tratado de evitarla pero nada ha funcionado. Los deprimidos se encierran en su miseria y no ven soluciones. A éstos no les entusiasma votar, han perdido la fe en el sistema y ellos mismos no se encaminan a restablecer su vida de manera creativa. El deprimido se aísla, se enajena de la discusión, evita las noticias y se resiste a participar en la opinión pública. Su estado de depresión lo inutiliza en el proceso de cambio y se convierte en un lastre para los que han completado el ciclo y aceptan la necesidad del cambio.

Culmina el proceso con la aceptación, que no es lo mismo que la resignación. Aceptar es reconocer la realidad de las circunstancias, lo que nos permite ser capaz de cambiarla. No podemos cambiar lo que no podemos evaluar, y resulta inútil tratar de evaluar lo que no reconocemos como real. Aceptar la realidad del Puerto Rico de hoy implica conocer su historia, su cultura, su política y economía, y ser capaz de criticar constructivamente las bases para proponer cambios. Aceptar que estamos perdiendo es la única etapa que nos permite manejar la pérdida de forma productiva y trascender.
Originalmente publicado en 80 grados en 2012

Entre buenos y malos —

Entre buenos y malos

En una desértica carretera de un paisaje que puede ser en cualquier lugar del planeta, dos policías perseguían un puñado de despiadados delincuentes en lo que entonces era un “futuro cercano”. Es una sociedad decadente en un planeta arrasado. Una visión post-apocalíptica donde la lucha por el control del combustible, como foco central de todas las demás posesiones para la supervivencia, dicta la pauta. No hay justicia, pues la ley está en manos de un estado corrupto. Lo justo se mide por la fuerza, en la calle.
A finales de la década de los 70, nos llegaba esta película de bajo presupuesto que fue el inicio de una de las más taquilleras franquicias del cine comercial. En aquel entonces, el futuro era nuestro ahora. Como protagonista simbólico, un planeta infértil a consecuencia de una humanidad depredadora. La escasez de lo esencial ha provocado un comportamiento agresivo, anti-social, tanto en los que manejan el sistema como en los que lo retan para su propio beneficio. Mad Max es el guerrero de la carretera. Max era el bueno; los otros, los malos. Los malos son los delincuentes que roban, aterrorizan y controlan la carretera. Los malos le matan a su amigo, a su esposa y a su hijo. Max termina haciendo lo que al inicio temía: ser igual que los malos.

Puerto Rico 2012. Los titulares dramatizan un mundo pre-apocalíptico donde los policías persiguen en sus patrullas a los delincuentes. Hay tiroteos en la carretera. Algunos mueren; algunos sin nada que ver en la trifulca. Hay lucha por el control de un combustible químico para viajes cerebrales. El escenario no es desértico, es tropical, pero igualmente escasean los recursos para que el país produzca lo esencial. Algunos cuestionan si hay justicia. La ley la crea un grupo de dudosa reputación política y la administra un estado acusado de corrupción. Para algunos, lo justo se mide por la fuerza, en la calle. Al menos, eso implican los titulares.

Los políticos parecen buscar soluciones rápidas y dramáticas ante el reclamo de la opinión pública abacorada por las noticias del crimen. Parecen más preocupados por las urnas que por las consecuencias de una sociedad en crisis. También buscan titulares que contrarresten y pagan anuncios para dar la impresión de que nos protegen. Pocos parecen hacer la conexión entre el comportamiento delictivo y las bases económicas propias de nuestra sociedad. Lamentablemente, esto no es un guion de cine.

El concepto del criminal es una construcción social que aprendemos por fuentes diversas. La autoridad, a través de su sistema judicial, leyes y reglas, define de forma concreta lo que es un comportamiento criminal. Pero la tradición, basada en los valores familiares y sociales, que parten principalmente de la educación religiosa y las costumbres locales, define otros comportamientos que, aunque la autoridad los señale como legales o ilegales, se les designa de forma distinta. Finalmente aprendemos por experiencia, tanto la propia como la ajena, aunque el refrán diga lo contrario.

Sufrir directamente las consecuencias de un acto criminal, le da al individuo un conocimiento particular, con elementos altamente emocionales, que le llevan a definir el acto más allá de lo que autoridad y tradición lo califiquen. Pero incluso no experimentándolo en carne propia, la experiencia de verlo en realidades virtuales a través de los medios, lleva al individuo a conocer el acto criminal en circunstancias seguras.

Vivimos en una sociedad donde la gran mayoría identifica al crimen como su principal problema y dicen sentirse cada vez más inseguros ante la inminencia de ser víctimas de un acto criminal. Por décadas, el ciudadano común se veía al margen del crimen y solo podría ser víctima aquel cuyo comportamiento se alejaba de lo normal en la sociedad. Desviarse del camino recto, impuesto por las instituciones sociales, era buscarse problemas que podrían afectarle su integridad física o moral. La noticia de un crimen, era algo extraordinario.

Pero ya no es igual. Asesinatos por violencia familiar, muertes por conductores irresponsables, robos y agresiones a ancianos por parte de familiares y vecinos adictos, niños que mueren por tiros al aire, agresiones sexuales a menores, asaltos, escalamientos, robos de autos… son solo algunos de los delitos que se reportan a diario en las noticias y que para muchos, representan un deterioro grave en la convivencia social. Como si fuera un cáncer, no son pocos los que dicen haber sido víctimas en carne propia o en la de amigos y familiares, de algún acto criminal.

Salvo esporádicos sucesos extraordinarios, las noticias de día a día informan sobre criminales que provienen de grupos socialmente marginados. En su mayoría, las historias están relacionadas con el tráfico de sustancias controladas, convirtiendo al enfermo por consumo adictivo de drogas y alcohol, en el “poster child” de los malos. La más reciente tendencia de periodistas y comentaristas es hacia juzgar las circunstancias de un crimen e imponer acciones a las autoridades, ya sea el tiempo de radicación de acusaciones, la imposición de fianzas o el veredicto del juez. Esto aporta a la opinión pública un espacio para estimular actitudes hacia el sistema judicial por parte de electores legos en la justicia pero con libertad de expresión.

Pero al margen de las noticias, se han convertido en comportamientos cotidianos otras conductas delictivas que se toleran y hasta se aceptan con humor como parte de nuestra cultura. La compra de mercancía ilegal solo es noticia cuando hay celebridades involucradas, como en el caso Britto, o cuando esporádicamente se hacen redadas a los pulgueros clandestinos, repletos de discos y películas pirateadas. Los servicios para “trampear” celulares y poder bajar música y aplicaciones de forma ilegal y gratuita, se anuncian por doquier, cual reparador de neveras. Copiar programas de computadora y el apropiarse de mercancía o tiempo propiedad del patrono, es un acto de jaibería justiciera muy a lo boricua, más que un comportamiento ilegal. El video viral El duende boricua que correteó en Navidades por las paredes de Facebook y que muchos se lo gozaron, lo dice todo. Y a juzgar por las explosiones en esos días festivos, tampoco es que veamos como criminal el uso de pirotecnia clandestina.

Todavía muchos afirman que el mejor Secretario de Educación en las pasadas décadas es el que está preso. La tolerancia hacia la corrupción de políticos y funcionarios públicos depende en gran medida del partido de su preferencia. Tal parece que el delito “malo” es solo el que no me conviene.
Originalmente publicado en 80 grados en 2012

Las peras del olmo —

Las peras del olmo

Expectativas: todos las tenemos. Vivimos esperando algo de los demás. Nos ayudan a guiar nuestra atención a lo que nos interesa o llena nuestras necesidades. Pero muy a menudo esperamos lo que no se puede dar y continuamos en un afán inútil sin intentar otras alternativas.
Los que somos electores, esperamos que los que elegimos para cargos públicos cumplan sus promesas y resuelvan los problemas. Y votamos por los mismos una y otra vez esperando que esta vez sí nos complazcan. Igualmente, tenemos la expectativa de que el médico nos cure, el sacerdote nos absuelva, el abogado nos defienda, la esteticista nos embellezca, el periodista nos informe, el artista nos deleite y así, vivimos esperando… Partimos de la premisa, no siempre correcta, de que ellos tienen la capacidad y la voluntad para cumplir nuestras expectativas.

Los que somos educadores, esperamos que los estudiantes aprendan. Si trabajamos en la universidad, esperamos que lleguen al aula con una educación preparatoria que nos permita enlazar con nuevos y más profundos conocimientos. Esperamos que al graduarse sean capaces de ejercer una profesión que a su vez cumpla con las expectativas de la sociedad.

Pero la realidad es otra. Llegan sin destrezas básicas en el uso del idioma, sin un recuerdo de clases fundamentales como historia o matemáticas, sin una experimentación con la cultura más allá de festivales folklóricos, sin los conocimientos ni experiencias que les permitan darnos lo que esperamos de ellos. Las clases tradicionales ajustadas a un prontuario idealista no funcionan con ese escenario. No se entienda por esto que no tienen potencial. Lo que no tienen es el conocimiento esperado, lo que hace necesario reinventar las estrategias de enseñanza para lograr resultados.

Demasiadas expectativas no se cumplen, aunque sigamos con afán intentándolo. ¿Exceso de optimismo? ¿O acaso estamos pidiendo peras al olmo? El refrán tan popular nos puede ayudar a entender por qué las cosas no son como esperamos. Preguntarnos por qué no se cumple lo que esperamos puede ser útil para comenzar a reenfocar nuestros sentidos sobre esos comportamientos y expectativas que hemos repetido infinitamente sin los resultados ansiados. Esperamos basado en la presunción de que esa persona puede y quiere, pero no nos ocupamos de ver si eso es real.

Idealizar el proceso educativo, pensando que nos llega el estudiante perfecto al salón de clases y que nuestro conocimiento de siempre les será igualmente pertinente, es repetir aquello que ya ha demostrado que no da los resultados esperados. Hay que romper con un círculo vicioso que nos lleva a repetir lo mismo inútilmente.

Las cosas son como son y no como queremos que sean. Para llenar nuestras expectativas tenemos que ajustar nuestros deseos con la realidad y partir de ésta para planificar cómo alcanzar los objetivos. Cada expectativa debe convertirse en un proceso de búsqueda y no en un deseo para resolver mágicamente. Pero es más fácil pensar positivo y no hacer nada.

Escuchamos con peligrosa frecuencia a los religiosos con fe ciega proclamar que todo se resolverá, que la fe mueve montañas, que dios todo lo puede. Sin ánimo de ofenderlos, llamo a esto optimismo mágico, no porque menosprecie el potencial infinito de la naturaleza, sino porque esperamos que se resuelva sin nuestra acción responsable.

Llegan estudiantes al nivel universitario con el deseo que convertirse en otro a quien admiran, pero no ven el camino que el otro ha recorrido para dar sus frutos y muchos no están dispuestos a labrar su propio camino para alcanzar iguales resultados. Le llamo el síndrome del reality show, que de realidad no tiene nada pues con un libreto de pacotilla vemos cómo se triunfa con un esfuerzo dramatizado y breve. Proclaman “quiero ser” en vez de qué estoy dispuesto a hacer.

Y así, las nuevas generaciones que ocupan nuestra sociedad son cada vez más exigentes con algo que no están dispuestas a dar. Queremos servicio de calidad, pero no tratamos bien a los demás. Queremos buena salud, pero no nos alimentamos bien ni nos ejercitamos. Queremos dinero, pero mejor si lo ganamos en una lotería. Queremos paz, pero promovemos la agresiva competencia en todas nuestras actividades. Queremos justicia, pero cada vez somos más egoístas e insensibles.

Queremos un mejor país, pero no hacemos nada para ello. Esperamos que lo haga el otro. Así nos enseñaron por décadas de dependencia política y económica con el fin de llevarnos al estado de inacción en que hemos caído. Un pueblo que sueña pero no es capaz de trabajar para ello es un pueblo manipulable por aquellos que le prometen soluciones mágicas.

Somos las peras del olmo, esas que no existen sino en la imaginación del incauto. No, el olmo no da peras. Produce otros frutos, pero no peras. Vivir esperando lo que no se puede dar es un acto inútil. Podemos aprender a disfrutar el fruto del olmo, o buscar el árbol de pera, o simplemente buscar alternativas, pero no seguir esperando lo que no se puede dar.

Hagamos una introspección, individual y colectiva. Entendamos lo que realmente somos, con nuestras fortalezas y debilidades. Partamos a labrar el futuro desde una plataforma realista y no un espejismo de nuestra percepción inflada por estribillos políticos y publicitarios.
Originalmente publicado en 80 grados en 2012

Saber y decir —

Saber y decir

La gente tiene la necesidad intrínseca de conocer más allá de su experiencia inmediata. Ser conscientes de situaciones que no podemos ver en persona nos da cierto sentido de seguridad, de control y de confianza. Varios siglos atrás no existían medios masivos para que el ciudadano común accediera a la información sobre la convivencia social de su entorno. Tampoco los había para aquellos que deseaban expresarse y conectar con audiencias sensibles a sus ideas y propuestas.El periodismo surge cuando se logra la convergencia entre el deseo de expresarse y la necesidad de saber sobre lo que ocurre en la sociedad. La tecnología disponible en ese momento, la imprenta, sería la plataforma de lanzamiento de un experimento social que cambiaría la historia. Pero por varios siglos, el medio impreso no era accesible a una población mayoritaria, aunque marginada de los círculos de poder, que no sabía leer.

Antes de que se desarrollaran los medios electrónicos en el siglo veinte, la industria periodística descubrió el poder económico de la publicidad. Se transformaron así los periódicos en poderosas empresas que vendían audiencias, a las que a su vez debían cortejar para mantener valor. El lector se convertía en consumidor para beneficio del empresario que era el patrono de los periodistas, definiendo líneas editoriales consistentes con sus objetivos empresariales. Así, la línea divisoria entre las cuatro funciones sociales del medio masivo: informar, educar, entretener y ser lucrativo para sus dueños, se fue haciendo cada vez más invisible.

Siempre he preferido la definición de periodismo que lo presenta como la gestión social de proveer información para que el ciudadano pueda tomar libremente sus decisiones. Es la base de un gobierno democrático y participativo. Aún el periodismo de opinión presupone el respeto por la audiencia, a la cual se presume capaz de evaluar y decidir por sí misma sin que un analista le mastique y digiera sus pensamientos.

Según Los Elementos del periodismo, publicado a principios de este siglo, para lograr ese cometido el periodismo debe estar obligado a buscar la verdad, ser leal a los ciudadanos y comprometido con la verificación de la información. Los periodistas deben ser independientes de aquellos a quienes cubren y actuar como un monitor independiente de los círculos de poder. Se les debe permitir ejercer sus propios criterios según su conciencia y proveer foros para la crítica. Pero sobre todo, el periodista debe hacer interesante y pertinente aquello que es significativo, mientras presenta la noticia de forma comprensible y proporcional.

Esto se debe lograr independientemente de los medios que transmitan el mensaje. Los medios han cambiado; los protagonistas y la historia, también. Pero la necesidad de saber más allá de nuestra propia experiencia, particularmente de fuentes creíbles, sigue siendo el motor de la comunicación social.

Por eso, mi propuesta esta noche es analizar el estado del periodismo, no solo desde la perspectiva del periodista, ni del medio como empresa, sino del ciudadano ansioso por saber sobre su entorno más allá de su experimentación personal y aquellos que tienen el deseo de expresarse y no han tenido los canales disponibles para llegar a las audiencias.

A partir de las últimas décadas del siglo veinte, las audiencias interesadas en la información noticiosa, sobre todo, aquellas más jóvenes, comenzaron a decaer. Este patrón de comportamiento, más que tener que ver con el medio, estaba relacionado con los contenidos. Lo que cubrían los periodistas no parecía ser del interés de nuevas generaciones, cínicas e incrédulas ante los contenidos más frecuentes: la política y las noticias policiacas.

A su vez, entramos al siglo veintiuno con un tsunami avasallador de tecnologías innovadoras que cada vez democratizaban más el acceso a la información y la construcción y diseminación de contenidos. La necesidad de decir y saber comenzaba a complacerse sin los usuales intermediarios. La vieja función social periodística de crear comunidad mediante la convergencia de ideas, ahora se facilitaba aún más por la convergencia tecnológica que creaba comunidades virtuales instantáneas.

En los años recientes, la introducción de la tecnología móvil de conexión en red continua ha estimulado un nuevo interés en mantenerse informado y ha creado nuevas oportunidades para los medios informativos que intentan rescatar audiencias para su beneficio económico. Esto quiere decir que todas aquellas funciones del periodismo que indicamos, ahora se podían cumplir con mayor facilidad.

La rapidez, inmediatez y accesibilidad de la información, en todos los sentidos, debía facilitar el trabajo del periodista para hacer accesible, pertinente, interesante, creíble, proporcional y comprensible su historia para los ciudadanos. Los que entendieron eso y lo cumplieron, siguen teniendo éxito. Los que no, son especies en peligro de extinción.

La convergencia tecnológica no necesariamente se ha manifestado como una convergencia de intereses comunes. Y al haber más opciones para decir y saber, los medios noticiosos más tradicionales tienen que hacerse necesarios para los ciudadanos cuyos intereses van cambiando. En ese afán de buscar viabilidad económica, la noticia se ha transformado en un producto de consumo para la diversión, dejando atrás aquello de “hacer interesante y pertinente lo significativo”.

La fórmula básica para lograr la comunicación efectiva requiere que el mensaje se codifique según los intereses, necesidades y expectativas de las audiencias y que se usen canales accesibles para estas. Los canales son cada vez más variados y numerosos, pero los contenidos…. ¡Ah, los contenidos! Ahí es donde está el problema. ¿Cómo se define lo que debe ser significativo e importante? ¿Quién lo decide?

Los medios han jugado por mucho tiempo a dejar que las audiencias supuestamente definan sus intereses, con aquello de “darle lo que a la gente le gusta” para asegurar audiencias vendibles a los publicistas. Y fueron malcriando a esas audiencias a preferir un contenido digerido, morboso, divertido, amarillista y útil para sectores de poder político y económico. Las noticias no fueron la excepción. Pero los costos de producción aumentaban mientras las insaciables audiencias pedían cada vez más gratificación.

Y entonces, surgieron nuevos medios y aquellas audiencias, sobre todo las más jóvenes que ya habían comenzado a apartarse de las noticias, fueron creando sus propios canales para expresarse e informarse según su necesidad, con mayor diversidad, estilos y acceso a toda hora. Eran audiencias que también venían arrastrando una decadencia del sistema educativo y las instituciones culturales, audiencias que habían comenzado a perder la cohesión social tradicional sustituyéndola con nuevas relaciones más individualistas que colectivas, más globales que locales, más virtuales que presenciales.

Muchas empresas mediáticas entraron en pánico y quisieron jugar ese juego que ya no dependía tanto de la publicidad tradicional. Comenzaron a abrir páginas en redes sociales y blogs, pero no necesariamente con una planificación estratégica que ayudara a entender el rápido cambio en los paradigmas de cómo nos enteramos de lo que nos debe interesar.

En ese proceso de conectar audiencias cuyos intereses no estaban del todo definidos, el periodismo, que distinto a la publicidad y el entretenimiento nunca se había preocupado mucho por los perfiles de la audiencia, se encontró con decisiones editoriales enfocadas en objetivos mercantiles, en vez de ciudadanos.

¿Es el ejercicio del periodismo uno de oferta y demanda, como cualquier otro negocio? ¿Existe una responsabilidad del periodismo de empujar en la agenda social temas que abonen a una mejor calidad de vida? Esas son las verdaderas preguntas que debemos discutir para evaluar si todavía es pertinente la función del periodismo cuando hay tantas otras fuentes para conocer lo que pasa y tantos otros medios para expresar lo que queremos.

¿Qué quieren las audiencias? Hay variedad de información de sobra, de todo tipo, de todo tema, a todo tiempo. Claro está, no olvidemos la brecha entre los que tienen acceso continuo a la red y la mayoría que todavía no cuenta con dicho acceso. Pero, al menos en nuestro país, el acceso a la red cada vez es más amplio y aquel pro activo en búsqueda de información, puede encontrarla. También los medios tradicionales están incluyendo en sus contenidos parte del discurso e intercambio que se da en las redes para beneficio de los que no necesariamente tienen acceso a éstas.

¿Qué ha cambiado? Han cambiado los canales, los intereses de los medios y las audiencias, el nivel de capacitación y compromiso de los periodistas, el escenario económico y político tanto local como global, el conocimiento cultural del ciudadano, la calidad de la educación a todos los niveles, la credibilidad de la prensa y figuras de autoridad, el cinismo de las audiencias, la conectividad digital, la forma de construir redes sociales.

¿Qué no ha cambiado? La búsqueda de gratificación del ser humano, la necesidad de saber más allá de su experiencia, de expresar sus ideas, de conectarse en redes sociales y crear comunidad, de tener a quien creerle sobre lo que le interesa saber. Quisiera pensar que tampoco ha cambiado la función social del periodismo: informar para que el ciudadano decida libremente.

Así que viendo este panorama, nos atrevemos a proponer los siguientes temas de reflexión y discusión sobre el estado del periodismo en su etapa digital.

Ya el periodista no está solo como proveedor masivo de información para que el ciudadano decida. Hay infinidad de fuentes de información, confiables o no, dispuestas a ofrecer información de lo que sea que le apetezca al receptor. Las redes, los blogs, los wikis, los buscadores, las revistas digitales, los portales académicos, en fin… hay todo un universo de fuentes que compiten por la atención.

Pero no tienen la misma función periodística si partimos de las funciones que mencionamos antes. Para que no sean competencia ni desplacen al periodista, éste debe tener credibilidad, independencia, capacidad crítica, compromiso con la verdad y el bienestar común, ser capaz de traducir el mensaje para que sea comprensible a todo ciudadano, y gestionar su atención haciéndolo interesante y pertinente. Si se ha sentido amenazado por la agilidad de los blogueros, la omnipresencia de las redes sociales, o la credibilidad de portales académicos, debe preguntarse, ¿dónde estoy fallando? ¿En cuál de las características he perdido a las audiencias?

El periodismo tiene que aprender a convivir con un nuevo modelo de intercambio social de ideas y conocimiento. Para ello, hay que diferenciar su producto, su mensaje, sus historias. Tiene que renovar votos de credibilidad, abrazando la verificación de fuentes y compromiso con la verdad, en vez de la competencia de velocidad por quien tira adelante. Esto no es una carrera de tiempo, sino de resistencia… de resistir la tentación de convertirse ellos en la noticia.

Hemos visto como periodistas muy respetados dominan medios como Twitter, y adelantan sus historias en sus propias cuentas, para sus miles de seguidores, antes de que las mismas corran por los medios que le pagan su salario. Vemos como cubren así los tribunales desde las mismas salas, o conciertos y reuniones a donde se le ha restringido el acceso a la prensa. Vemos como capturan de otras cuentas de Twitter o Facebook información de fuentes que a veces son prácticamente desconocidas pero se encuentran en el lugar donde ocurren los sucesos y redactan, toman fotos y videos, y se convierten en la fuente o la competencia para los periodistas.

Todo esto enriquece el conocimiento pero solo es periodismo si se rige por la ética periodística. Los hay que se llaman periodistas y no la cumplen. Los hay que se llaman blogueros y tuiteros, y la cumplen mejor. El hábito no hace al monje, sino la consecuencia de sus actos.

El periodista es y debe seguir siendo un filtro confiable y sensible para el conocimiento ciudadano. Tiene que retomar el espacio, físico o virtual, con criterio y valentía para publicar lo que su conocimiento y conciencia le dicta que es significativo para su comunidad. Tiene que tener la capacidad de contextualizar la historia y codificarla de forma clara y sencilla para beneficio de todos. Todo eso conlleva preparación y dedicación, lo que toman tiempo, esfuerzo y sacrificio, y no siempre es bien remunerado. También requiere de una gerencia editorial que le permita esa discreción.

Tiene que aprender a maximizar el uso de la tecnología, la cual también agiliza la búsqueda de información para sus historias. Pero la técnica no puede eclipsar el contenido y propósito. La tecnología tiene que seguir siendo el medio y no el fin de su trabajo. Esta ofrece oportunidad de mayor independencia editorial e interactividad con las audiencias, pero los modelos pueden no favorecer una base económica sostenible, como ocurre con algunos blogs con auspiciadores. Además, no se debe olvidar de la brecha digital y buscar la manera de llegar a aquellos marginados por la modernidad, por razones generacionales o económicas.

Debe aprender igualmente lo que es persuadir, no para convencer a la audiencia de sus propias creencias u opiniones, como tan a menudo lo hacen los llamados analistas, sino para convencer a la gente de la importancia de prestar atención a sus historias. Eso objetivo se consigue al hacerlas interesantes, amenas y comprensibles sin restar valor al contenido. Para lograrlo, debe conocer mejor a sus audiencias, sus intereses, sus aspiraciones, sus necesidades.

Eso se logra cogiendo calle; saliendo de la comodidad de las salas de redacción, no solo para cubrir conferencias de prensa o sucesos noticiosos. Tiene que coger calle para sentir en su propia carne el palpitar de un pueblo que se expresa día a día más allá de las redes cibernéticas. El periodista es el enlace entre un pueblo y su propia realidad muchas veces eclipsada por la propaganda y el entretenimiento.

El abandono de ese rol es el que ha permitido que los blogueros, tuiteros y noticiarios facebukeros ocupen esos espacios, porque esos son de la calle, son silvestres, son los que viven a todos los niveles sociales, experimentando de forma directa lo que pasa a cada minuto y no llegando cuando son convocados o asignados por su editor. El periodista necesita curtirse la piel de experiencias diversas para poder contextualizar con sensibilidad y poder comprender lo que es verdaderamente pertinente para las audiencias.

Lo que lo hace periodista no es trabajar para un medio, tener carnet de prensa, haber estudiado periodismo o tener su propio blog. La diferencia es su ética, su conocimiento de la profesión, el tipo de servicio que ofrece a la sociedad y la consecuencia de éste. Mientras haya gente que necesite y quiera saber y gente que tenga algo que decir, habrá espacio para el periodismo, pero solo si sabe cumplir con su obligación social y moral.
Originalmente publicado en 80 grados en 2012