Presentado en el foro público Te Mienten

4/20/2017 Librería El Candil, Ponce, PR 

Inicio con el pensamiento que comparto en la portada de mi cuenta en Twitter: “El riesgo de la desconfianza es que mata la solidaridad. Las mentiras son abono para el caldo de cultivo de la tiranía.” Espero acepten esta propuesta como una provocación, un estímulo a la reflexión y al diálogo continuo sobre el tema, y proponernos como ejercicio obligado, la exposición selectiva de medios y mensajes.

A lo largo de la historia de la Humanidad, el poder siempre ha manipulado la información para su propio beneficio. Lo hace a nivel micro, en los grupos sociales como la familia, y lo hace a nivel macro en los gobiernos, empresas y religiones. Las instituciones socializan a los ciudadanos para que respondan a dicho poder a través de otras instituciones como la educación y los medios, definiendo contenidos que adapten al individuo a los intereses de quien manda. Es el método por excelencia de lograr obediencia, sea en el modelo totalitario o en la democracia.

El periodismo del siglo veinte, se ejerció a través de empresas mediáticas, algunas pertenecientes a grandes imperios comerciales, y definió la verdad como su principal valor. Así ganó prestigio y confianza. Casos como las investigaciones periodísticas de Watergate y Cerro Maravilla, lo validaron. Se posicionó como el “cuarto poder”, para proyectarse como balance en la democracia republicana. Pero poder al fin, también se sometió a la tentación de controlar los datos para su beneficio, ideológico y económico.

En ese mismo siglo, al periodismo le nació un hermanito quien vino, en ocasiones a ayudar en la tarea y en otras a competir o distraer. Le pusieron “relaciones públicas”: una joven profesión que tuvo sus inicios en la oscura propaganda de guerra pero que ha evolucionado a una donde el interés público prevalece, cuando se ejerce de forma ética. Menciono esto porque los relacionistas se han ganado en las décadas pasadas cada vez más exposición noticiosa, lo que llamamos publicity, que no debe caer en lo que llamamos falsas noticias. Los comunicados y conferencias de prensa requieren el filtro editorial y el buen periodismo solo publicará aquello que verdaderamente tiene valor noticioso y está corroborado. El relacionista que no entienda esto, no conoce su deber.

Hoy en día, clasificamos los medios en tres categorías: medios propios, medios comprados, medios ganados. Los primeros son aquellos de los cuales somos dueños o tenemos control del contenido que se publica, sea el gran periódico o tu página de Facebook. Los segundos, en los que compramos tiempo o espacio, como lo hace la publicidad y la nueva modalidad de mercadeo de contenido. Y los últimos, donde podemos ubicar la estrategia de publicity que mencionamos, ahora se refieren más a la capacidad de compartir voluntariamente información en medios de otro, de forma espontánea y gratuita, como hacemos con los shares o los re-tweets en las redes sociales.  

En la actualidad, la tecnología ha facilitado el que una parte significativa de nuestra sociedad tenga acceso a medios propios que le permiten publicar contenidos de la más diversa temáticas y calidad, compitiendo en atención, con lo que tradicionalmente conocíamos como noticia, el género más común del periodismo. Esa misma tecnología ha ido adaptando a la mente humana a crear realidades alternas para gratificación personal. Desde niños nos vamos acostumbrando a vivir, a través de juegos y plataformas virtuales, vidas irreales que llenan toda la jerarquía de necesidades emocionales que Maslow nos enseñó.

Por esto, no me extraña que estemos hablando de la palabrita de moda, la posverdad, como una realidad alterna que decidimos creer porque nos llena emocionalmente aunque no sea verdad. En otras palabras, nos hemos acostumbrado a vivir de mentiras, si lo que es verdad no nos produce emoción gratificante. Suena a una transformación de la negación típica, pero ahora, no solo negamos la verdad, sino que inventamos una que llene esa necesidad de información. Podemos decir que vivimos en la era de las verdades propias, las verdades ganadas y las verdades compradas.

Si bien es cierto que la presidencia de Trump ha provocado mayor interés en el tema, por lo inminente y riesgoso, esto de la manipulación de la información noticiosa no es nada nuevo. No tiene que ser todo falso. De hecho, las medias verdades se creen con mayor facilidad. El proceso de gatekeeping, o selección en la información que se publica, o del espacio para su publicación, o de los portavoces que representan una causa, son todas estrategias que buscan un efecto en la audiencia, un efecto que beneficie al emisor.

Pero esa selectividad del medio, limita los puntos de vista a que nos exponemos a la hora de formar nuestras opiniones y actuar. Y esto no tiene que ver con ideologías de derecha o izquierda. Esto lo hace todo el que tiene poder de controlar la información. Hay que añadir que también nosotros limitamos los medios e información a los que nos exponemos, pues usualmente buscamos lo que nos gusta y satisface. Se añade a esto la diversidad de contenidos que se perciben como noticia y no lo son, como ocurre con los programas de chismes, los artículos auspiciados o entrevistas pagadas en noticieros.

Si nos aferramos a la función básica del periodista que es la de informar contenidos relevantes de actualidad para que el ciudadano común pueda tomar decisiones libremente y adecuadamente informado, tenemos que preguntarnos, ¿es eso lo que puede hacer hoy un periodista, considerando los contextos en los cuales trabaja? Y pero aún, ¿es eso lo que quieren escuchar y leer los ciudadanos?

El foro se llama Te mienten, pero podemos cambiarlo a una pregunta, ¿Te gusta que te mientan? ¿Te hace sentir mejor la mentira que la verdad? ¿Prefieres estar informado o entretenido? ¿Vale aquello de que “ojos que no ven, corazón que no siente”? Antes, la transmisión de la información era más lenta y limitada. Pero ahora, el menú de opciones rápidas para tener respuestas inmediatas, es infinito. No hay tiempo de procesar ni verificar, pues queremos tener los datos que nos hagan sentir bien, y tenerlos antes que cualquier otro.

Y cuando hay tantas verdades rondando nuestro entorno, físico y virtual, llega un momento en que comenzamos a desconfiar del otro. La incertidumbre sobre la verdad, cuando ves que la tuya es diferente a la del vecino, y eso te parece amenazante, se hace más difícil tener una sociedad solidaria, dejando el camino libre para que el que está en el poder, abuse. ¿Les suena familiar?

El problema es una ciudadanía cada vez más alejada de la noticia de hechos reales, relevantes para la sociedad, más atenta al entretenimiento y a un tipo de voyerismo farandulero. Una ciudadanía abrumada y angustiada por una lucha constante por existir, que busca en los medios escape, no que le traigan más problemas y responsabilidades. Con los propios le es suficiente y no conecta que los suyos tienen origen social.

Entonces: ¿cuál es la solución? ¿Seguir cada uno como el avestruz, enterrando nuestra cabeza en la arena movediza de la información virtual? La posverdad se está tornando viral y como con cualquier virus, hay que aplicar prevención para parar la epidemia. La medicina es la educación. Y no me refiero solo a la formal, que igualmente está en crisis, sino a las ganas de aprender que hay que inculcar en ese proceso de socialización que le hemos dejado a las instituciones de poder, sin cuestionarlo.

Hay que estimular un aprendizaje invisible y continuo, en todas las esferas de nuestras vidas, sin miedo a cuestionar, no importa la autoridad que nos provee los datos. La información es un valor, que tiene precio. Se compra y se vende. Pero lo que somos, nuestros conocimientos, actitudes, creencias, opiniones, se forman de la información a la que nos exponemos, procesamos y decidimos aceptar. Si solo la filtramos con emociones, sin un proceso empírico, estamos a la merced de quién nos miente.

Escapar de la verdad es un ejercicio inútil, aunque emocionalmente gratificante. Cuando lo hacemos como hábito en nuestro carácter personal, ponemos en riesgo nuestra salud mental. Pero cuando esto ocurre en una sociedad, una que prefiere que le mientan, creerse que somos un país rico, pacífico, educado, próspero y libre, las consecuencias son graves para todos.  

Es entonces cuando basamos nuestros actos en datos irreales, razón por la cual no es posible alcanzar cambios. Nadie cambia si se siente bien como está. Mientras nos diviertan la atención hacia lo extraordinarios que somos, no podemos ver lo que tenemos que mejorar. No es ser pesimista, sino realista. Y solo se puede ver la realidad cuando nos movemos a experimentarla desde distintos puntos de vista. El valor de la información debe estar basado en lograr la libertad para definir una convivencia de beneficio mutuo y no un recurso de control social.

Ya Plantón nos hablaba de la posverdad con su metáfora de la cueva. Ser engañados parece ser una predisposición de los humanos, que han sabido capitalizar los poderosos para control social, político y económico. Y los medios, como parte de ese poder económico han sido cómplices. Y nosotros, cada uno de nosotros que creamos diariamente contenidos en nuestros propios medios virtuales, seremos cómplices si no reflexionamos antes de darle ese “like”.

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