La rápida transición que nuestra sociedad ha tenido que hacer hacia la interacción virtual, debido a la pandemia, ha demostrado que no estamos preparados para situaciones como esta.  Si bien los expertos indican que, aun con todo lo recorrido, todavía no alcanzamos lo óptimo en conectividad, y la brecha digital sigue siendo un reto, no es solo el componente tecnológico lo que es inadecuado.  El cambio abrupto a la vida virtual es uno no solo tecnológico, sino cultural.  Y en esto, la mujer es la que lleva la peor parte.

Una cosa es la conveniencia que constituye para muchas mujeres quedarse trabajando de forma voluntaria desde el hogar cuando recién han parido o tienen infantes, y otra cuando se convierten de la noche a la mañana en trabajadora, cocinera, maestra, suplidora, mucama, en fin, proveedora de los principales cuidados en el hogar, sin que puedan salir a tomar un respiro.

Para las mujeres que tienen trabajos fuera del hogar, el tiempo que pasan fuera de este les permite un cambio de ambiente, responsabilidades y relaciones que, aunque regresen al hogar a hacer tareas domésticas, han tenido un espacio para desenvolverse en escenarios distintos.  Pero ahora, el encierro temporero, por no sabemos cuánto tiempo más, hace que todas esas demandas de atención se realicen simultáneamente.

Los patronos siguen demandando unas funciones y horarios, y ahora más, requieren tener equipos y conectividad, muchas veces, costeados por el propio empleado.  Por otra parte, las escuelas también requieren tener dichos recursos, y más aún, a un adulto que ayude a los niños en el manejo de la tecnología y las innumerables tareas que están asignando. Mientras, en nuestra cultura, hay todavía la expectativa de que la madre tenga a su cargo principalmente las tareas domésticas.  Y ahora tampoco puede la familia salir a resolver afuera las comidas; alguien tiene que cocinar.

Así que, en estos días, son muchas las mujeres que ya no tienen ese rato de salir fuera para trabajar en ambientes distintos al doméstico, ahora también tienen que dedicarse a cuidar y educar a los hijos en el hogar, muchas a apoyar a sus padres, dar apoyo a sus conyugues, atender las labores domésticas, hacer compra, y si alguno se enferma, también ser la enfermera del hogar. Y si hay mascotas, ya se pueden imaginar.

Esta no es una visión “feminista”, en el sentido popular de la palabra, sino una realista sobre lo que todavía vemos como típico en nuestra sociedad.  Una cosa es lo que quisiéramos que fuera o lo que es justo, y otra lo que culturalmente se ha normalizado por años. Las expectativas es que sea la mujer la que haga esas tareas, y muchos hombres, aun conscientes y colaboradores, piensan que le “ayudan” a la mujer cuando hacen las tareas.

Pero el problema no es solo con las expectativas de maridos e hijos.  Los patronos y las autoridades escolares dan por sentado que, en cada casa, además de una buena conexión de Internet y computadora rápida y actualizada, hay un ente, un super-humano, capaz del multitasking a la máxima expresión. Quienes otras que las mujeres para asumir ese rol social.

Y entonces, cuando la carga emocional y las responsabilidades aturden, cuando ya mamá no puede con la carga, ¿quién cuida de ella? O, ¿acaso vamos a seguir con aquellas antiguas creencias de las mujeres histéricas, las débiles, las que no podían con el trabajo fuerte?

En momentos como los que vivimos, la sociedad tiene que reajustar el paradigma del cuidador y las tareas familiares y domésticas, pero también, las del empleo y la productividad. Patronos, escuelas y familias tienen que ser sensibles a que, el cambio al trabajo y educación remotos, no es solo un asunto de tecnología, sino de cultura. Que no basta con Internet y computadora, sino que los roles, los contextos, las emociones cambian, y no todos están socializados hacia esas nuevas formas de interacción.